RESUMEN HISTÓRICO

La situación geográfica que ocupa Burjassot, lo fértil del terreno sobre el que se asienta y la abundancia de restos arqueológicos hallados en municipios cercanos al nuestro permiten suponer que el asentamiento humano en esta zona es bastante remoto. Sin embargo, y dada la consolidación del asentamiento humano sobre su escaso territorio, no ha facilitado el hallazgo de restos de este tipo, y tan solo existe referencia del hallazgo de numerosas cuentas de collar de concha, en forma de disco, que se supone provienen del eneolítico, o quizás de la época del bronce valenciano.

De la época romana se conserva una lápida, aún hoy visible, en el vecino municipio de Godella que da a entender la existencia en sus cercanías de una villa romana, a la vez que se ha podido confirmar la existencia en dicho municipio de unas canteras de época romana, lo que permite aventurar la ocupación de nuestro territorio en aquella lejana época.

Sin embargo, la noticia cierta más remota que existe respecto de la ocupación humana de nuestro territorio se remonta a la época árabe, de la que procede precisamente el topónimo de nuestra ciudad, Burjassot, del que hablaremos en otro apartado.

La noticia de esta ocupación árabe se recoge en el Llibre del Repartiment , elaborado con motivo de la ocupación mediante conquista del Rey Jaime I de las tierras que constituirían el Reino de Valencia. En dicho libro se describen las donaciones que el rey conquistador realiza en favor de quienes le han acompañado en la contienda, y concretamente en el caso de Burjassot éste es cedido en 1237 a García Pérez de Figuerola, refiriéndose a éste como alquería mora , entendiéndose como tal la acepción que en aquella época tenía la palabra alquería, que identificaba una aldea o poblado formado por varias casas, y que en nuestro caso contaba con servicios tales como horno y molino, todo ello agrupado en torno a una torre de defensa, lo que hacía presuponer la importancia del asentamiento.

En 1238 el Rey Jaime I revocó la donación en favor del Abad del Monasterio de Ripoll, y en 1258 volvió de nuevo a su anterior propietario, y más tarde nuevamente a la Corona, que retuvo su propiedad hasta el año 1360, en que ésta pasó a Sancho Tena.

El año 1389 el jurista Micer Doménech Mascó adquirió el señorío de Burjassot, y acometió una importante reforma de la torre, que ya había perdido su función defensiva, ampliando sus instalaciones y transformándola en una casa palaciega, de la que aún se conservan algunos elementos originales, entre los que destacan los artesonados mudéjares de algunas salas.

En 1425 su propiedad pasó a la Almoina de la Seu de Valencia, cuyo cabildo fue titular del mismo hasta el año 1568.

De esta época data el hecho histórico de la muerte de L'Encobert, personaje famoso en su época por su participación en la denominada Guerra de las Germanías, y que en 1525 encabezó una revuelta para tomar la ciudad de Valencia que fracasó, en su huida buscó refugio en Burjassot, pero tan solo encontró la muerte.

Tras diversas vicisitudes el señorío de Burjassot pasó a manos de Pere Pallarés, quien lo vendió en el año 1600 a Don Juan de Ribera, Virrey y Arzobispo de Valencia, personaje muy influyente en su época, y que emprendió importantes obras de mejora del castillo y su entorno, convirtiéndolo en su residencia solariega. Cuatro años más tarde, en 1604, tras tomar posesión del Señorío, Don Juan de Ribera (actualmente elevado a los altares) cedió la plena jurisdicción, civil y criminal, del lugar de Burjassot, así como sus rentas, al Real Colegio del Corpus Christi, fundado por él mismo al objeto de formar a los futuros sacerdotes de acuerdo con las normas surgidas del Concilio de Trento. Esta situación se mantuvo hasta la total abolición de los señoríos, ocurrida en la segunda mitad del siglo XIX.

Entre tanto Burjassot fue escenario de diversos acontecimientos, propiciados por los avatares propios de la historia de España, destacando especialmente tres, relacionados con otros tantos conflictos bélicos. Así Burjassot fue objeto del saqueo de las tropas francesas en el transcurso de la Guerra de la Independencia, destacando especialmente el expolio de sus templos, la Iglesia de San Miguel y la Ermita de San Roque, en el transcurso de los sitios a que sometieron los franceses a la ciudad de Valencia. También con ocasión de la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, cuya misión era la de reponer la monarquía borbónica, el general Sempere estableció en nuestra ciudad una junta para la planificación de las operaciones militares. Por último, y en el marco de la primera Guerra Carlista, se registró en las inmediaciones de Burjassot la denominada Acció del Pla del Pou , en el transcurso de la cual un destacamento de caballería carlista persiguió y derrotó a otro de la infantería isabelina, haciendo prisioneros a los supervivientes y fusilando más tarde a 37 oficiales y suboficiales. Esta acción tuvo una gran repercusión mediática, y la prensa liberal de la época difundió la noticia de que éstos fueron fusilados en la explanada de Los Silos en medio de una orgía de vino y sangre. La noticia que no es cierta, como demostró el hallazgo de algunos de los restos en las proximidades del lugar donde se produjo la refriega.

El Señorío de Burjassot siguió ostentándolo el Real Colegio del Corpus Christi hasta la total abolición de los señoríos, en la segunda mitad del siglo XIX. En aquella época el municipio se caracterizaba por su carácter eminentemente agrícola, dedicado a los cultivos tradicionales de la zona, algunos de los cuales, como la vid, el cereal, el cáñamo o la morera, fueron siendo sustituidos por cultivos más actuales, como el tabaco, el naranjo, y más recientemente la chufa.

Sin embargo, la progresiva ascensión de la burguesía en el estatus social y económico propició el desarrollo de determinadas zonas, cercanas a la la ciudad de Valencia, de colonias de veraneo y segunda residencia, tal es el caso de municipios como Torrente, Paterna, Godella o el propio Burjassot. Este fenómeno, que se desarrolló a finales del siglo XIX, propició que en nuestra ciudad se asentasen numerosas personalidades de reconocido prestigio y que dieron lugar a una época de esplendor cultural en torno a la década de los años 30 del pasado siglo. De entre estos personajes cabe destacar al escritor Vicente Blasco Ibáñez, cuyos padres construyeron hacia 1880 un chalet que aún se conserva, el también escritor Hernández Casajuana, el tenor Giaccomo Lauri Volpi y su esposa, la también cantante María Ros, el escultor Francisco Marco Díaz-Pintado, o el que fue primer director de la Escuela de Artes y Oficios de Burjassot, académico y fundador del museo de cerámica que lleva su nombre, Manuel González Martí. La proliferación de grandes intelectuales y el ambiente progresista de la época sirvió para que Burjassot se transformase en un centro cultural de primer orden, y que contase con numerosas salas de cine y teatro, con un aforo total que aún hoy en día causa sorpresa. Desgraciadamente, la contienda civil que se desarrolló entre 1936 y 1939 dio al traste con esta pujanza cultural.

Tras la posguerra las corrientes migratorias desde las zonas más subdesarrolladas de España hacia los polos de atracción industrial y económica propició la llegada al área metropolitana de Valencia de un gran número de personas, que en buena medida se asentaron en nuestro municipio, transformando no solo su demografía sino también su estructura socio-económica. Este fenómeno tuvo su máxima expresión entre las décadas de 1950 y 1970, estabilizándose más tarde hasta alcanzar hacia la década de los 90 una población estabilizada en torno a los 35.000 habitantes. Con posterioridad, el asentamiento en nuestra ciudad de un Campus Universitario dependiente de la Universidad de Valencia y, sobre todo, la nueva corriente migratoria procedente de terceros países ha vuelto a generar una nueva explosión demográfica, si bien más limitada dada la limitación del suelo disponible para nuevas viviendas, que está llegando a su total agotamiento, lo que nos hace temer una vez más por la cada vez más escasa huerta que nos circunda y que fue nuestra razón de ser como municipio hasta hace apenas unas décadas.

El Castillo

San Juan de Ribera

El Pouet


Iglesia de San Miguel

Plaza del Pouet

Los Silos